El Hambre que no se Sacia

El Hambre que no se Sacia

Este relato es un pequeño homenaje al Wendigo, la criatura del folclore norteamericano cuyo tabú central es el canibalismo. Aunque en las culturas centro y suramericanas no encontré criaturas con características similares —los mitos precolombinos suelen presentar dioses o demonios que devoran humanos como parte de un castigo divino, no como una maldición personal y progresiva—, decidí crear mi propia interpretación para un libro donde el mundo mismo es el enemigo de la humanidad y los humanos se ven perjudicados de una u otra forma.

El Relato

Elena llega a su casa cansada. Su clase fue exhaustiva; los alumnos no dejaron de discutir sobre lo visto en las noticias, sobre si era real, una edición o la publicidad de alguna película. Entregada a sus pensamientos —divisa el almuerzo que uno de sus colegas le regaló y comienza a comer—. La abrumadora jornada no le permite pensar en nada más.

Se levanta de madrugada y, hambrienta, termina un litro de helado. Aún tiene hambre. Intenta controlarse y vuelve a dormir. Todo el día solo piensa en comer. Nada le sacia: ni la comida, ni el agua, ni los refrescos, ni el alcohol.

Con el pasar de los días, mientras aguanta la ansiedad de comer, una voz profunda y oscura surge en su mente.

Tengo… hambre…

La voz susurra una y otra vez las mismas palabras. Trata de seguir su día con normalidad, pero no cesa. Come cada vez más, pero la voz no para. Las alucinaciones comenzaron: una sombra alargada aparecía en sus sueños, dedos largos como ramas la señalaban, y repitiendo aquellas palabras una y otra vez, mientras sentía que la sombra podía ver más allá de su ser.

Los días pasaron, y con ellos, la desesperación de Elena creció. Ya no era solo hambre lo que sentía; era algo peor, algo que no podía nombrar. Comenzó a ver a sus alumnos de manera diferente. Los observaba en clase con otros ojos, como si no fueran estudiantes, sino… algo más.

Sus miradas se detenían en sus cuellos, en sus muñecas, en la piel suave de los más jóvenes. Una lujuria nueva, voraz, se mezclaba con el apetito que no la dejaba en paz.

«Son tan… tiernos» —pensaba, e inmediatamente se odiaba por pensarlo—.

Trataba de no quedarse a sola con nadie. Temía lo que pudiera hacer. La voz se repetía en su cabeza como un eco, susurrando que no solo era hambre lo que tenía. Era algo más antiguo, más oscuro. Y mientras más tiempo pasaba, más fuerte era el impulso de probar algo que nunca antes había cruzado su mente.

Su cuerpo comenzó a deteriorarse: bajaba de peso drásticamente, no importaba lo que comiera o cuanto comiera. Y algo le indicó que lo peor apenas comenzaba.

Los ataques de ansiedad llegaron sin aviso. Elena no podía concentrarse en nada: ni en sus clases, ni en preparar la comida, ni en dormir. Intentaba llamar a su pareja, pero Kamila estaba de viaje de trabajo, lejos, inaccesible, con aquellos antropólogos en lo más remoto de la selva. Solo le quedaba intentar calmar la ansiedad mientras la voz se repetía en su cabeza, cada vez más insistente.

¿Ejercicios debería de hacer? ¿tal vez ver una película? —se preguntaba ella—, esa noche, decidió salir a caminar. El aire fresco quizás la ayudaría a pensar.

En el parque cercano a su casa, un vecino hacía ejercicio en las barras. Lo observó desde lejos, tratando de no acercarse. Pero entonces, el hombre resbaló. Cayó de cara y se cortó la palma de la mano contra el metal oxidado.

La sangre brotaba. Elena la vio gotear sobre el suelo y algo en ella se quebró. La ansiedad y el hambre se fusionaron en un impulso que no pudo controlar. Su cuerpo se movió solo, acercándose.

—¿Es… estás bien…? —preguntó, con la voz más suave de lo que esperaba—. Ven, mi casa queda muy cerca. Puedo ayudarte con eso.

—No es necesario, señorita, estoy bien —respondió el hombre cortésmente—.

—No hay nada que temer, ven, te curaré esas heridas y tal vez —sutilmente se suelta un par de botones de su blusa—.

El hombre no pudo contenerse con la insistencia y esa insinuación fue mucho para él.

Mientras hablaba, sus ojos no se apartaban de la herida. Y él, confundido y dolorido, no notó la mirada hambrienta que se ocultaba detrás de su preocupación.

Ya en su casa, lo guió hasta la cocina.

—Puedes lavarte la herida en el fregadero —dijo, señalándolo—.

El hombre obedeció, sin sospechar nada. Mientras inclinaba la mano bajo el agua, Elena ya tenía el cuchillo en la espalda. Lo pensó por un instante —un último destello de humanidad—, pero la voz rugió en su cabeza, más fuerte que nunca. Certeramente, lo clavó en su cuello. Una vez. Otra vez. Y otra más. El hombre cayó al suelo, agonizando.

Ella se aproximó. Se arrodilló sobre él, inclinándose sobre su cuerpo moribundo. El calor de la sangre la rodeó como un abrazo en sus manos. Lamió sus manos y el cuchillo con esa excitación, y una pregunta cruzó su mente: ¿su sed comenzaría a saciarse? No. Pero el sabor la calmaba. La voz, por primera vez, se silenció.

Y en ese silencio, algo nuevo nació: no era solo la sangre. Era algo más antiguo, más profundo. Un hambre que no conocía límites. Su rostro irradiaba una lujuria oscura, una excitación que nunca antes había sentido.

Sin pensarlo, comenzó a morder directamente del cuello. Arrancaba pedazos de carne y los devoraba, cada vez más rápido, cada vez más hambrienta. El sabor la enloquecía. ¿Su hambre comenzaría a saciarse? No. Pero el sabor la calmaba. Por primera vez en semanas, ella se sentía bien.

Y mientras masticaba, la voz volvió a susurrar, pero esta vez con un tono diferente. Satisfecho. Hambriento de más.

Bien… ésto… está… ¡delicioso!… ¡más!… ¡QUIERO MÁS!

Y entonces, una pregunta cruzó su mente como un relámpago: ¿a qué sabrán los niños?, su carne se ve tan tierna, tan jugosa y… –una sonrisa distorsionó sus labios ensangrentados– Kamila. Kamila. Kamila. ¿A qué sabrá…?